Inflación creciente: viajar en colectivo en Santa Fe sale más caro que nunca

Los recientes aumentos en el boleto de colectivo en la ciudad de Santa Fe vuelven a poner sobre la mesa una pregunta urgente: ¿cuánto cuesta, en términos reales, poder vivir, estudiar y trabajar en la ciudad? El ajuste del transporte público no es un dato aislado de la economía, sino una intervención directa sobre la vida cotidiana de trabajadores, estudiantes y familias que dependen del sistema para sostener sus rutinas.

En su análisis, Clara Suarez y Rocio Suarez advierten que cada incremento en la tarifa del transporte urbano profundiza una desigualdad estructural que rara vez se discute en estos términos: la desigualdad de la movilidad. No todas las personas pueden pagar moverse, y en ese punto el transporte deja de ser un derecho para convertirse en una barrera.

En Santa Fe, el sistema de colectivos —gestionado por empresas como ERSA y Autobuses Santa Fe— es el principal medio de traslado para miles de personas que viajan diariamente entre barrios, centros educativos y lugares de trabajo. Pero cuando el boleto aumenta de forma sostenida, el impacto no se distribuye de manera neutral: recae con más fuerza sobre quienes ya destinan una parte significativa de sus ingresos a gastos básicos.

El resultado es concreto y medible en la vida cotidiana. Estudiantes que comienzan a reducir cursadas o directamente abandonan trayectos formativos. Trabajadores que recortan horas o rechazan empleos lejos de su barrio porque el costo del traslado vuelve inviable el salario. Familias que reorganizan sus economías diarias alrededor de cuánto cuesta cada viaje. Este proceso no solo implica un ajuste económico, sino también un ajuste en las posibilidades de futuro. Cuando moverse se encarece, también se encoge el acceso a la educación, al empleo y a la participación social. La ciudad se vuelve más fragmentada, y la desigualdad deja de ser abstracta para instalarse en la distancia entre una parada de colectivo y otra.

A esto se suma un elemento que suele quedar fuera del debate público: la dependencia estructural del transporte público en sectores populares y medios bajos. Mientras ciertos sectores pueden amortiguar los aumentos con vehículos propios o alternativas privadas, gran parte de la población queda atada al sistema urbano, sin margen de escape frente a cada actualización tarifaria.

El discurso oficial suele justificar los incrementos en términos de costos operativos o necesidad de “sostener el servicio”. Sin embargo, lo que raramente se discute es qué tipo de ciudad se está construyendo cuando el derecho a la movilidad depende cada vez más de la capacidad de pago individual.

En este escenario, el transporte público deja de ser una herramienta de integración social para convertirse en un filtro económico. .

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