Aumentan día a día los crímenes y discursos de odio

El asesinato de Vica y Cai no puede leerse como hechos aislados ni como tragedias individuales desconectadas de su contexto. En su análisis, Clara Suarez y Rocio Suarez ponen el foco en una dimensión que suele ser minimizada en el debate público: la responsabilidad social y política de los discursos de odio que circulan en los medios, en redes y en determinados espacios de visibilidad pública.

Los crímenes de Vica Monteros en Córdoba y Claudia “Caí” Gómez en Misiones, ambos registrados en abril de 2026, fueron clasificados como transfemicidios por organizaciones y observatorios de violencia de género. Se trata de asesinatos atravesados por una violencia extrema, dirigidos a personas trans en un contexto donde las estadísticas muestran una vulnerabilidad estructural sostenida.

Para las conductoras, lo central no es solamente la brutalidad de los hechos, sino el ecosistema simbólico que los vuelve posibles. En ese sentido, el discurso de figuras mediáticas como Tomás Dente —con expresiones despectivas y deshumanizantes hacia identidades disidentes— no es interpretado como una opinión aislada, sino como parte de una cadena de legitimación del desprecio. Cuando la violencia simbólica se normaliza, señalan, el paso hacia la violencia material se vuelve menos impensable y más tolerable socialmente.

La investigación de organizaciones LGBTIQ+ advierte que los transfemicidios no son hechos excepcionales, sino la expresión más extrema de una violencia estructural que atraviesa la vida cotidiana de las personas trans. En ese marco, los discursos públicos que ridiculizan, insultan o deshumanizan a estas poblaciones no son neutrales: contribuyen a reforzar la idea de que ciertas vidas valen menos que otras.

Las conductoras sostienen que el problema no se reduce a la responsabilidad individual de quien ejecuta la violencia física, sino que incluye a quienes construyen climas culturales donde esa violencia es imaginable, justificable o incluso celebrable. El odio, cuando se repite en pantalla, en redes o en espacios de legitimación social, no queda en el plano simbólico: produce efectos concretos.

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En este punto, el análisis propone una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué tipo de sociedad se construye cuando determinados discursos pueden circular sin consecuencias mientras sus efectos se materializan en cuerpos concretos? La respuesta no es simple, pero sí urgente.