La tragedia en San Cristóbal y la violencia en las escuelas: una lectura desde Freud

La Organización Mundial de la Salud define la salud como un estado de bienestar físico, mental y social, y no simplemente como la ausencia de enfermedad. Sin embargo, en Argentina, el gobierno nacional decidió en marzo la salida del organismo internacional bajo el argumento de recuperar “libertad sanitaria”. La pregunta que surge es qué significa hablar de libertad en una sociedad donde aumentan los suicidios adolescentes, se multiplican los discursos de odio y se desmantelan políticas públicas de contención social y salud mental.

El caso ocurrido en San Cristóbal expone crudamente esa crisis según analiza Federico Calabuig. Un adolescente de 15 años, con antecedentes de intentos de suicidio, aislamiento y consumo obsesivo de contenido sobre asesinos seriales y “school shooters”, ingresó armado a su escuela. No se trató de un hecho aislado ni de una irrupción espontánea de violencia. En los días posteriores aparecieron amenazas imitativas en otras localidades santafesinas, jóvenes ingresando armas blancas a escuelas y mensajes en redes convocando nuevos ataques.

Detrás de esos hechos aparece un fenómeno creciente: comunidades digitales que glorifican las masacres escolares, estetizan la violencia y convierten a los agresores en figuras admiradas. La llamada “True Crime Community” funciona como una subcultura transnacional donde adolescentes aislados encuentran identificación en relatos de muerte heroica, resentimiento y destrucción. El dato no es menor: muchos de esos jóvenes presentan experiencias previas de exclusión, bullying, soledad o dificultades severas para integrarse socialmente.

Freud advertía que el aislamiento puede convertirse en un intento desesperado de protegerse del sufrimiento que generan los vínculos humanos. Pero también señalaba que cuando el sujeto rompe completamente con el otro, queda desprotegido frente a la propia pulsión destructiva. Allí aparece algo central para pensar estas adolescencias: cuando no hay otro que aloje, que limite o que reconozca, el pacto social comienza a desintegrarse. Calabuig nos recuerda que en 1929, Sigmund Freud escribió en El malestar en la cultura que la vida en comunidad sólo es posible cuando los individuos aceptan limitar parte de sus impulsos en favor de un pacto colectivo. La cultura, decía, no existe únicamente para protegernos de la naturaleza, sino también para regular las relaciones humanas y contener la agresividad inherente al ser humano. Casi un siglo después, ese diagnóstico vuelve a resonar con fuerza frente a una época atravesada por la violencia, el aislamiento y el deterioro de los lazos sociales.

Nuestro columnista sostiene que la violencia no emerge en el vacío. También se construye culturalmente. En un escenario político donde el insulto cotidiano ocupa el centro de la escena pública —“ratas”, “mandriles”, “basura”, “mierda”, “resentidos”— el lenguaje deja de funcionar como mediación y se transforma en agresión permanente. Cuando desde el poder se naturaliza el desprecio, la humillación y la lógica amigo-enemigo, se debilitan los mecanismos simbólicos que permiten tramitar el conflicto sin destruir al otro.

Ver esta publicación en Instagram

Una publicación compartida de Plataforma Soberanía (@plataformasoberania)

Al mismo tiempo, mientras crecen los índices de suicidio adolescente —con cifras récord en Argentina durante 2025— los recursos destinados a programas de inclusión y prevención resultan mínimos. En la provincia de Santa Fe, los Equipos de Inclusión Socioeducativa reciben menos del 0,02% del presupuesto total. La lógica del ajuste convierte la contención social en “gasto”, incluso cuando la crisis subjetiva se vuelve cada vez más evidente.

El problema no es únicamente individual ni clínico. Hay una dimensión política y cultural del sufrimiento contemporáneo. La soledad en las adolescencias, la precarización de los vínculos, el debilitamiento institucional y la circulación constante de violencia simbólica producen sujetos cada vez más desamarrados del lazo social.

Freud sostenía que la cultura exige renuncias, límites y formas de identificación colectiva para evitar que prevalezca la fuerza bruta. Cuando esos límites se erosionan y el otro deja de existir como semejante, la agresión encuentra menos obstáculos. En ese sentido, la pregunta ya no es solamente qué le pasaba a un adolescente que quería ver muertos, sino qué tipo de sociedad está produciendo subjetividades donde matar o morir aparece como única salida posible.

Porque quizás el tirador de San Cristóbal ya estaba afuera mucho antes de entrar armado a la escuela.