Ajustes, deuda y salud mental

Las conductoras Suarez analizan en el programa Micrófono Violeta cómo el deterioro de las condiciones económicas en Argentina no sólo impacta en los bolsillos, sino también en la salud mental de millones de personas. Endeudamiento, incertidumbre, ansiedad y agotamiento son algunas de las consecuencias subjetivas de una crisis que parece no encontrar techo.

Los datos más recientes son contundentes. Un informe de la plataforma de empleo Bumeran reveló que el 87% de los argentinos considera que su sueldo no alcanza para cubrir sus necesidades básicas, el 90% afirma que no puede ahorrar y el 77% reconoce estar endeudado. Además, el 74% percibe una pérdida de poder adquisitivo en los últimos meses.

La deuda dejó de ser una situación excepcional para convertirse en una condición cotidiana. Ya no se trata únicamente de créditos bancarios o préstamos importantes. Las familias se endeudan para pagar alimentos, alquileres, medicamentos, servicios básicos o tarjetas de crédito. Según el estudio, casi la mitad de quienes recibirían un aumento salarial lo destinarían primero a cancelar deudas antes que a consumir o ahorrar.

Pero existe una dimensión menos visible de este fenómeno: la deuda emocional. Vivir permanentemente preocupado por llegar a fin de mes genera estrés crónico, altera el descanso, deteriora los vínculos afectivos y produce una sensación constante de amenaza. La incertidumbre económica deja de ser una circunstancia externa para convertirse en una carga psíquica permanente.

La situación resulta especialmente preocupante cuando se observan los indicadores de salud mental. Distintos informes y especialistas vienen alertando sobre el aumento de las consultas por padecimientos psicológicos y sobre el crecimiento de los suicidios en Argentina. Incluso organismos y profesionales advierten que la imposibilidad de proyectar un futuro, sumada a la precarización de las condiciones de vida, constituye un factor de riesgo que afecta especialmente a jóvenes y sectores vulnerables.

Al mismo tiempo, el debate público sobre salud mental ocurre en un contexto de restricciones presupuestarias y discusiones sobre reformas del sistema sanitario. Diversos sectores profesionales vienen manifestando preocupación por la capacidad de respuesta estatal frente a una demanda creciente de atención psicológica y psiquiátrica.

La consecuencia es un círculo difícil de romper: aumenta el malestar social mientras disminuyen o se tensionan los recursos disponibles para abordarlo. Quien no llega a fin de mes se endeuda; quien se endeuda vive con angustia; quien vive con angustia ve afectada su salud física y mental; y quien enferma encuentra cada vez más obstáculos para acceder a tratamientos adecuados. Resulta imposible ignorar que las condiciones materiales de existencia influyen profundamente en el bienestar psicológico de las personas. La salud mental también depende de la posibilidad de construir proyectos, sostener vínculos y vivir sin la amenaza constante de la exclusión.

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Cuando una sociedad naturaliza que nueve de cada diez personas no puedan ahorrar y que más de tres cuartas partes estén endeudadas, el problema deja de ser individual. Ya no estamos frente a personas que administran mal sus recursos, sino frente a un modelo económico que genera incertidumbre como condición permanente.