Por Federico Calabuig
El crecimiento de las apuestas online entre jóvenes preocupa cada vez más. Especialistas advierten sobre una problemática silenciosa que avanza de la mano de la tecnología, la crisis económica y una cultura que promueve el dinero rápido como sinónimo de éxito.
Una problemática que crece en silencio
La expansión de las apuestas online entre adolescentes y jóvenes se ha convertido en una de las problemáticas más preocupantes de los últimos años. Lo que hasta hace poco tiempo aparecía como una práctica asociada a casinos, bingos o salas de juego hoy se encuentra al alcance de cualquier persona que tenga un teléfono celular y acceso a internet. La transformación tecnológica modificó radicalmente la relación con el juego y generó un escenario completamente nuevo para las familias, las instituciones educativas y los profesionales de la salud mental.
Durante 2025 crecieron las consultas vinculadas al juego compulsivo en la línea 141 de Sedronar, un dato que permite dimensionar la magnitud de un fenómeno que afecta cada vez más a las adolescencias. Aunque los dispositivos estatales destinados a la prevención y el abordaje de los consumos problemáticos atraviesan un proceso de debilitamiento, las consultas continúan llegando y muestran una preocupación creciente por parte de familiares, docentes y de las propias personas afectadas.
La franja etaria donde más se observa esta problemática se encuentra entre los 14 y los 19 años. No se trata de una casualidad. La adolescencia es un período atravesado por búsquedas identitarias, necesidades de reconocimiento y construcción de proyectos futuros. En un contexto de incertidumbre económica y de creciente influencia de las redes sociales, las promesas de éxito rápido encuentran un terreno especialmente fértil.
Apostar desde el bolsillo
Uno de los elementos que explican el crecimiento de la ludopatía es la facilidad de acceso. Las plataformas de apuestas funcionan las 24 horas del día y pueden utilizarse desde cualquier dispositivo conectado a internet. Ya no es necesario trasladarse físicamente a un casino ni esperar horarios determinados. El juego está disponible de manera permanente.
Si bien las aplicaciones exigen ser mayor de 18 años, los mecanismos de control suelen resultar insuficientes. La edad puede falsearse fácilmente y miles de adolescentes logran ingresar a estas plataformas sin mayores obstáculos. Esto provoca que actividades que legalmente deberían estar restringidas a adultos se encuentren al alcance de jóvenes que muchas veces aún no cuentan con herramientas subjetivas para evaluar riesgos y consecuencias.
La accesibilidad permanente constituye uno de los principales factores de riesgo. Cuando una conducta potencialmente adictiva está disponible las veinticuatro horas y a pocos centímetros de la mano, las posibilidades de desarrollar una relación problemática con ella aumentan considerablemente.
La lógica del consumo empieza mucho antes
Sin embargo, sería un error pensar que la relación entre los jóvenes y estas dinámicas comienza recién cuando realizan su primera apuesta. Existe un proceso previo de familiarización con ciertas lógicas económicas que se desarrolla desde edades cada vez más tempranas.
Muchos videojuegos dirigidos a niños y niñas incorporan sistemas de compras internas que permiten adquirir vestimentas, herramientas, armas, accesorios o mejoras para los personajes. Aunque estas prácticas no constituyen apuestas propiamente dichas, sí promueven una relación naturalizada entre entretenimiento y gasto económico.
Las monedas virtuales, las recompensas inmediatas y la posibilidad de utilizar dinero real dentro de entornos digitales introducen tempranamente a las infancias en una lógica donde el consumo aparece como condición para progresar, competir o destacarse. Tarjetas de crédito, billeteras virtuales y sistemas de pago integrados facilitan aún más esta experiencia.
Desde una perspectiva crítica, este fenómeno puede leerse como parte de una lógica económica más amplia que incorpora a niños y adolescentes al universo del consumo financiero desde edades cada vez más tempranas.
La cultura del dinero rápido
La expansión de la ludopatía tampoco puede separarse del contexto social y económico en el que se desarrolla. En momentos de crisis, caída del poder adquisitivo e incertidumbre sobre el futuro, suelen fortalecerse las fantasías de enriquecimiento rápido.
Lejos de ser una contradicción, el crecimiento de las apuestas durante períodos de dificultades económicas tiene antecedentes históricos. Durante la crisis de 2001 también se observó un incremento en diversas formas de juego. Cuando las expectativas de movilidad social disminuyen, muchas personas buscan alternativas que prometan resolver rápidamente problemas que parecen no tener salida.
Las apuestas aparecen entonces como una especie de solución mágica. Una ilusión de acceso inmediato a aquello que el trabajo, el salario o las condiciones materiales ya no parecen garantizar.
A este escenario se suma una cultura digital que exalta permanentemente el éxito económico. Influencers, streamers y creadores de contenido muestran estilos de vida asociados a la riqueza, los negocios financieros y las ganancias extraordinarias. Los mensajes que circulan en redes sociales suelen presentar la inversión, las criptomonedas o las apuestas deportivas como caminos accesibles para alcanzar independencia económica en tiempos récord.
Para muchos adolescentes, estas narrativas terminan funcionando como modelos aspiracionales. El esfuerzo sostenido pierde valor frente a la fantasía de una recompensa inmediata.
Los datos detrás de la preocupación
Las estadísticas disponibles permiten observar algunas tendencias significativas. Más de la mitad de las consultas relacionadas con juego compulsivo provienen de la provincia de Buenos Aires, seguida por Córdoba, Mendoza y Santa Fe.
En términos de género, las consultas directas por consumo propio son realizadas mayoritariamente por varones. Las mujeres, en cambio, suelen acercarse a los dispositivos de asistencia preocupadas por situaciones que afectan a hijos, parejas o familiares cercanos.
Estos datos coinciden con numerosos estudios internacionales que muestran una mayor incidencia de las apuestas deportivas y del juego online entre adolescentes y jóvenes varones, aunque la problemática atraviesa a todos los sectores sociales y grupos etarios.
¿Qué diferencia a un juego de una compulsión?
Una de las preguntas más importantes para comprender este fenómeno es cuándo una actividad deja de ser un juego.
Desde una perspectiva psicoanalítica, jugar implica siempre una dimensión simbólica. Cuando jugamos construimos una ficción. Participamos de una realidad imaginaria sostenida por reglas compartidas. Los juegos tradicionales permiten asumir roles, representar situaciones y experimentar conflictos dentro de un espacio protegido donde existe la posibilidad del “como si”.
Un niño que juega a ser médico no está operando realmente a nadie. Una partida de El Estanciero no implica administrar bienes reales. El juego funciona porque existe una distancia entre la ficción y la realidad.
La ludopatía rompe precisamente con esa distancia. Allí aparece el dinero como elemento concreto y tangible. Ya no se trata de representar una situación sino de ganar o perder recursos reales. La dimensión simbólica se reduce drásticamente y el dinero ocupa el centro absoluto de la experiencia.
Por eso resulta posible afirmar que el juego compulsivo vinculado a las apuestas deja de ser un juego en sentido estricto.
El circuito de la compulsión
La diferencia entre deseo y compulsión también ayuda a comprender lo que sucede.
El deseo implica una búsqueda abierta. Nunca se satisface completamente y precisamente por eso permite construir proyectos, relaciones y experiencias nuevas. La compulsión, en cambio, se caracteriza por una repetición constante que parece imponerse más allá de la voluntad de quien la padece.
Una persona con ludopatía continúa apostando incluso cuando reconoce que la conducta le genera perjuicios económicos, familiares, laborales o afectivos. Sabe que está perdiendo dinero. Sabe que se está dañando. Sin embargo, no puede detenerse.
La lógica compulsiva se organiza alrededor de una secuencia repetitiva. Existe una excitación inicial que busca descargarse rápidamente. La apuesta produce una descarga emocional intensa, pero esa descarga deja inmediatamente una sensación de vacío. Entonces se vuelve necesario apostar otra vez para intentar llenar ese vacío, iniciando nuevamente el ciclo.
Cuando ya no hay placer
Contrariamente a lo que suele suponerse, en la ludopatía no predomina el placer. Lo que aparece es otra cosa: vértigo, adrenalina, ansiedad, frustración y sufrimiento.
Desde el psicoanálisis, este fenómeno puede pensarse a partir de la noción de goce. El sujeto queda atrapado en una forma de satisfacción paradójica que produce malestar y, sin embargo, continúa repitiéndose. La apuesta promete una solución definitiva que nunca llega. Por eso la conducta se reitera una y otra vez.
Lo que se busca no es exactamente ganar dinero. Lo que se busca es alcanzar una satisfacción que siempre parece encontrarse en la próxima apuesta.
Una adicción difícil de detectar
A diferencia de otras dependencias, la ludopatía suele desarrollarse de manera silenciosa. No existen señales físicas evidentes ni manifestaciones fácilmente reconocibles por el entorno.
Muchas veces el problema se descubre cuando aparecen deudas importantes, dificultades económicas, conflictos familiares o problemas escolares. Hasta ese momento la conducta puede permanecer oculta durante meses o incluso años.
Esta invisibilidad convierte a la ludopatía en una de las adicciones más complejas de detectar tempranamente. Por esa razón resulta fundamental prestar atención a cambios bruscos de conducta, aislamiento social, obsesión por las apuestas, preocupación constante por el dinero o alteraciones significativas en los hábitos cotidianos.
Adolescentes que viven pensando en apuestas
Cada vez son más frecuentes los relatos de docentes que observan estudiantes preocupados por inversiones financieras, criptomonedas o apuestas deportivas. Jóvenes de apenas 13 o 14 años dedican largas horas a analizar estadísticas de equipos de fútbol, estudiar cuotas de apuestas o seguir recomendaciones de supuestos expertos financieros que proliferan en redes sociales.
Lo llamativo no es únicamente la presencia de estas prácticas, sino el lugar central que ocupan en la vida cotidiana. Para muchos adolescentes, las apuestas dejan de ser una actividad ocasional y comienzan a estructurar buena parte de sus conversaciones, preocupaciones y expectativas.
Cuando esto ocurre, otros intereses característicos de la adolescencia quedan desplazados.
Apostar para escapar de la angustia
Desde una perspectiva clínica, la ludopatía puede entenderse como un intento de responder a conflictos que no encuentran otra vía de elaboración. Cuando ciertas angustias no logran tramitarse mediante la palabra, pueden aparecer síntomas que intentan ofrecer una salida.
La apuesta funciona entonces como una promesa. Promete transformar una realidad dolorosa en una realidad fantaseada. Promete solucionar problemas económicos, aliviar frustraciones o compensar sentimientos de insuficiencia.
El problema es que esa promesa nunca logra cumplirse plenamente. Y justamente por eso necesita renovarse de manera permanente.
“El jugador pierde lo que no tiene”
Una frase permite condensar gran parte de esta problemática: el jugador compulsivo pierde lo que no tiene.
No pierde únicamente dinero. También pierde tiempo, confianza, vínculos, proyectos y credibilidad. Muchas veces promete devolver sumas que no podrá pagar, compromete recursos inexistentes o sostiene compromisos imposibles de cumplir.
La ludopatía erosiona progresivamente la relación con los demás y también la relación consigo mismo. La palabra pierde consistencia porque queda subordinada a la lógica de la compulsión.
La importancia de escuchar y acompañar
Frente a una problemática que crece de manera sostenida, resulta indispensable fortalecer las estrategias de prevención, asistencia y acompañamiento. La ludopatía no es una cuestión de falta de voluntad ni un simple problema económico. Se trata de un padecimiento subjetivo que requiere abordajes integrales y políticas públicas específicas.
Pedir ayuda es posible, pero para eso suele ser necesario que exista alguien dispuesto a mirar, escuchar y acompañar. Familias, docentes, amigos y profesionales pueden desempeñar un papel fundamental en la detección temprana y en la construcción de redes de apoyo.
Porque cuando apostar deja de ser un juego, lo que está en juego ya no es solamente el dinero. Lo que se pone en riesgo es la posibilidad misma de construir proyectos, sostener vínculos y encontrar formas más saludables de habitar el deseo.

