El largo camino en búsqueda del vino santafesino         

El largo camino en búsqueda del vino santafesino         

por Ricardo Celaya

Cuando pensamos en vino argentino, casi siempre miramos hacia la cordillera. Mendoza, San Juan, La Rioja o Salta parecen haber tenido desde siempre el monopolio de nuestra imaginación. Sin embargo, pocos saben que la provincia de Santa Fe también escribió un capítulo en la historia vitivinícola del país.

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A fines del siglo XIX y principios del XX, la llegada de inmigrantes italianos y españoles trajo consigo conocimientos sobre el cultivo de la vid y la elaboración de vinos. En distintas localidades agrícolas santafesinas comenzaron a aparecer pequeños viñedos destinados principalmente al consumo familiar, aunque algunos alcanzaron una escala comercial.

Localidades como Soldini, con la emblemática Bodega Parodi, y Granadero Baigorria, entre otras, contaron durante las primeras décadas del siglo XX con viñedos y bodegas que elaboraban vinos de mesa destinados al consumo regional. Incluso el predio donde décadas más tarde funcionará en la última dictadura militar el centro clandestino de detención La Calamita había sido originalmente una finca con viñas, un dato que revela hasta qué punto la vitivinicultura formaba parte del paisaje rural y productivo del sur santafesino. Aquellos viñedos no eran una excepción, sino parte de una actividad económica que generaba empleo, abastecía al mercado local y contribuía a la identidad de numerosas comunidades de la provincia.

El crecimiento de esta actividad se interrumpió de golpe en la década del 30´ bajo el gobierno de Agustín Pedro Justo, las políticas nacionales de regulación de la vitivinicultura buscaron controlar la producción y concentrar la elaboración en las provincias consideradas tradicionales. Condenando durante décadas la producción santafesina, obligando al cierre de los establecimientos en nuestra provincia.

Aquella normativa llegó en el peor momento posible. Era 1934: el mundo atravesaba la Gran Depresión. Los mercados se contraían, los precios caían. Para los viticultores santafesinos era la tormenta perfecta. No solo perdían acceso al mercado por su prohibición: el contexto económico global hacía que cualquier diversificación de cultivos fuera arriesgada también.

Durante más de ocho décadas pareció que la producción del vino había dejado de pertenecer a la historia de Santa Fe. Sin embargo, la tradición nunca desapareció por completo. Permaneció en la memoria de algunas familias y en los relatos de quienes todavía recordaban aquellas viñas que alguna vez cubrieron parte del paisaje provincial.

El cambio comenzó a principios de este siglo. La flexibilización de la normativa, el levantamiento de la prohibición, el reconocimiento del vino argentino como Bebida Nacional en 2010 y el interés por desarrollar nuevas regiones vitivinícolas permitieron el regreso de la vid a provincias que durante décadas habían quedado relegadas. Santa Fe volvió a plantar viñedos, acompañando un fenómeno similar ocurrido en Entre Ríos, Córdoba y Buenos Aires.

Hoy, distintos emprendimientos vitivinícolas distribuidos en la provincia demuestran que ese renacer ya está en marcha. Viñedos como “La Elba”, en Arteaga; “La Calma”, en Totoras; y “Don Esteban”, en Soldini, entre otros, siendo una veintena en toda la provincia, trabajan en red para recuperar una tradición que parecía perdida, combinando innovación tecnológica, investigación agronómica y criterios de producción sustentable. En estos nuevos viñedos comenzaron a desarrollarse variedades como Tempranillo, Marselan, Cabernet Franc y Ancellotta.

Aunque todavía no existe una cepa que identifique a la provincia, especialistas consideran que las características de nuestros suelos y condiciones climáticas permiten imaginar un futuro cercano al Tannat o alguna posible variedad de uva blanca. El desafío ya no consiste solamente en producir vino, sino en construir una identidad vitivinícola propia. Así como Mendoza tiene al Malbec y Uruguay hizo del Tannat un símbolo nacional, Santa Fe tiene la oportunidad de encontrar el perfil que mejor exprese su territorio.

Durante demasiado tiempo miramos hacia la cordillera cuando hablábamos de vino. Hoy empezamos a mirar nuestro propio suelo, pese a décadas de prohibiciones de una década infame, tenemos sabores que resisten, que intentaron desaparecer y que hoy vuelven a florecer.