La recesión sexual que atraviesa a la Argentina

La recesión sexual que atraviesa a la Argentina

Por Federico Calabuig

En el país, uno de cada cuatro jóvenes de entre 18 y 25 años evita el sexo. El dato, lejos de ser anecdótico, es la punta visible de un fenómeno que especialistas de distintas partes del mundo ya bautizaron como “recesión sexual”: una caída sostenida en la vida sexual de las nuevas generaciones, que en Argentina se combina con estrés, crisis económica y un avance sin precedentes de la virtualidad como refugio afectivo.

Un cambio de época

Asistimos a una transformación sociocultural profunda. Las exigencias del mercado laboral redujeron el tiempo que los adultos jóvenes dedican a sus amigxs y parejas, y con eso cambió también el lugar que ocupa la sexualidad entre las prioridades cotidianas. La baja en las relaciones sexuales no es un fenómeno aislado: va de la mano de una disminución general en la socialización presencial y de una caída en las relaciones de pareja estables. Y no es exclusivo de quienes están solteros: también las parejas consolidadas reportan tener menos sexo que antes.

Los millennials y los centennials tienen, en promedio, menos relaciones sexuales que sus padres a la misma edad. Sorprende, sin embargo, un dato que corre a contramano de lo esperado: hoy las personas de alrededor de 40 años tienen más sexo que las de 30, algo impensado hace apenas unas décadas.

La independencia que no llega

Una de las frases que más se repite entre los jóvenes argentinos resume buena parte del problema: ¿cómo voy a tener pareja si apenas puedo mantenerme a mí mismo? La crisis económica retrasa la emancipación de manera drástica: 4 de cada 10 jóvenes en Argentina todavía vive con sus padres, y la edad promedio para independizarse ya llegó a los 28 años. Sin espacio físico propio, la intimidad también queda condicionada.

A esto se suma el agotamiento crónico. El estrés es enemigo directo del placer: cuando la cabeza está ocupada en otra cosa, o atravesada por la ansiedad de proyectar el futuro, resulta muy difícil relajarse en un encuentro sexual. Un mínimo de bienestar emocional es condición necesaria para poder conectar con otrx.

Pandemia, pantallas y sustitutos digitales

La pandemia modificó de manera estructural la forma en que nos vinculamos, y ese cambio no se revirtió. Dentro del aumento de la virtualidad conviven varios fenómenos: el consumo de entretenimientos digitales, el vínculo mediado por redes sociales, la masificación de las apps de citas y un consumo de pornografía en franco crecimiento.

El scrolleo, los videojuegos, Instagram, las series o TikTok ofrecen satisfacciones inmediatas y generan dopamina de manera casi automática, algo muy distinto a lo que ocurre en un encuentro sexual, que necesita otros tiempos y acuerdos con otra persona. Así, cada vez más personas resuelven sus necesidades de manera autoerótica e individual, en una dinámica que recuerda a una etapa inicial de la sexualidad infantil humana. No es casual que la Organización Mundial de la Salud ya hable abiertamente de una “epidemia silenciosa de la soledad”.

Apps de citas: la promesa y la frustración

Los encuentros presenciales pactados después de chatear en una app de citas terminan, en la mayoría de los casos, apenas las personas se conocen cara a cara, o incluso antes de que el encuentro llegue a concretarse. La ansiedad y la frustración que genera el desencuentro entre la imagen construida en la pantalla y la persona real produce un pequeño duelo que hay que elaborar una y otra vez, al ritmo compulsivo de una oferta que nunca se agota.

Pornografía: un modelo que no existe en la vida real

Frente al vacío que dejan las citas fallidas, el consumo de pornografía crece de manera exponencial, con consecuencias que preocupan a lxs especialistas: idealización de la escena sexual, exigencias corporales estereotipadas y comportamientos con tendencias violentas.

El acceso cada vez más fácil a contenido pornográfico agrava el problema, porque instala un modelo sexual-genital que no existe en la vida real: ni varones ni mujeres reaccionan así fuera de la pantalla. El resultado es una tendencia, sobre todo entre los varones jóvenes, a buscar en los encuentros reales una réplica del “modo porno”, algo que en general genera rechazo en las mujeres. Ese modelo prioriza la autosatisfacción por sobre el placer compartido, y trae consigo otra distorsión igual de preocupante: la normalización de la relación sexual sin preservativo.

Sin preservativo: menos cuidado, más contagios

Los números confirman la tendencia. Según Victoria Kopelowicz, dueña de Tulipán, el uso de preservativo en las relaciones sexuales cayó un 10% en 2023 y un 15% en 2024, con una proyección aún mayor para este año. En paralelo, en los últimos dos años se registró un incremento del 22% en las infecciones de transmisión sexual (sífilis, gonorrea, VIH, hepatitis), y el grupo etario más afectado es, precisamente, el de 20 a 24 años. El Boletín Epidemiológico Nacional confirma la magnitud del fenómeno: 21.612 casos más de ETS entre 2024 y 2025.

La ESI, una deuda pendiente

El cuadro que arma la recesión sexual —menos vínculos, más soledad, más pornografía y menos cuidado— no se resuelve solo. Frente a un escenario donde la desinformación y los modelos irreales ganan terreno más rápido que las políticas públicas, la implementación efectiva de la Educación Sexual Integral aparece como una herramienta central: no para forzar una vida sexual que las nuevas generaciones eligen posponer o repensar, sino para garantizar que, cuando decidan vincularse, lo hagan con información real, cuidado del propio cuerpo y del de lxs otrxs, y sin la distorsión de un modelo que la pantalla vende como norma.

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