La reforma y el ajuste golpean la economía de las mujeres

La reforma laboral aprobada en Argentina durante 2026 fue presentada por el gobierno como una modernización destinada a “generar empleo” y reducir la informalidad. Sin embargo, detrás del discurso de la flexibilización y la competitividad aparece una pregunta inevitable: ¿quiénes cargan realmente con el costo social de estas políticas? Diversos análisis coinciden en que las mujeres vuelven a ser uno de los sectores más golpeados.

En su análisis sobre la feminización de la pobreza, Clara Suarez plantea que el ajuste económico en Argentina tiene un rostro definido: el de las mujeres. La reforma laboral profundiza esa lógica porque flexibiliza derechos en un mercado donde las mujeres ya parten de una situación desigual. La precarización no impacta de manera neutral cuando las tareas de cuidado siguen recayendo mayoritariamente sobre ellas.

La ampliación de jornadas, la reducción de indemnizaciones, los cambios en convenios colectivos y el debilitamiento de protecciones laborales producen un escenario donde muchas trabajadoras quedan atrapadas entre salarios insuficientes y múltiples empleos para sostener sus hogares. El pluriempleo deja de ser una excepción para convertirse en condición de supervivencia.

A esto se suma una dimensión históricamente invisibilizada: el trabajo doméstico y de cuidados. Mientras el mercado exige más horas, productividad y disponibilidad, las tareas del hogar continúan sin reconocimiento económico ni social. Cocinar, limpiar, criar hijos o cuidar personas mayores sigue siendo una responsabilidad feminizada que el sistema económico presupone gratuita. La consecuencia es una doble —y muchas veces triple— jornada laboral que deriva en agotamiento físico y mental.

La discusión sobre la reforma laboral no puede limitarse a números de inversión o índices empresariales. También implica debatir qué vidas se vuelven más precarias para sostener ese modelo. Porque cuando el empleo pierde estabilidad y el cuidado continúa invisibilizado, la pobreza deja de ser solamente un problema económico: se convierte en una experiencia profundamente atravesada por el género.

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