Una investigación de CNN en Español reveló la existencia de grupos de Telegram y plataformas web donde miles de hombres compartían consejos para drogar a sus parejas, abusarlas sexualmente mientras estaban inconscientes y subir los videos a internet. Lo más estremecedor no fue solamente la violencia de los hechos, sino la lógica colectiva que sostenía esos espacios: hombres enseñando a otros hombres cómo violar.
Clara Suarez analiza este fenómeno no como casos aislados de monstruos individuales, sino como una expresión brutal de los pactos de masculinidad. Es decir, acuerdos implícitos entre varones donde el silencio, la complicidad y la validación mutua funcionan como sostén de la violencia. En esos grupos no había culpa ni clandestinidad moral: había camaradería. Se daban recomendaciones sobre dosis, tiempos y formas de evitar sospechas, mientras otros usuarios felicitaban o consumían el material compartido.
La llamada “academia virtual de la violación” expone algo más profundo que el anonimato de internet. Expone una cultura donde muchos hombres aprenden desde temprana edad que otros varones nunca deben ser cuestionados frente a las mujeres. El pacto masculino no siempre aparece como violencia explícita; muchas veces se manifiesta en el chiste cómplice, en minimizar denuncias, en justificar conductas o en mirar hacia otro lado. Estos espacios digitales llevan esa lógica al extremo.
También resulta inquietante que gran parte de los involucrados fueran hombres “comunes”: parejas, padres, trabajadores, personas insertas socialmente. La investigación desmonta la idea de que la violencia sexual pertenece únicamente a figuras marginales. La misoginia no aparece como una excepción del sistema, sino como una práctica que puede reproducirse en la intimidad cotidiana y fortalecerse colectivamente en redes digitales.
Suarez plantea que el problema no es solamente tecnológico. Telegram o las páginas web funcionan como herramientas, pero el núcleo está en una masculinidad construida sobre el poder y la deshumanización de las mujeres. El silencio entre varones sigue siendo una de las principales garantías de impunidad. Porque estos grupos pudieron existir durante años gracias a miles de hombres que participaron, observaron o consumieron contenido sin denunciarlo.
La investigación de CNN obliga entonces a preguntarse no sólo cómo operan estas redes, sino qué formas de socialización masculina permiten que existan. Cuando la violencia se convierte en entretenimiento compartido y la humillación de las mujeres genera pertenencia grupal, ya no se trata únicamente de delitos individuales: se trata de una estructura cultural que encuentra en internet un espacio ideal para expandirse.

