Grooming: cuando el abuso se esconde detrás de una pantalla


Por Federico Calabuig

A fines de julio, la desaparición y posterior hallazgo con vida de una adolescente de 13 años en Villa de María del Río Seco, en el norte de Córdoba, puso nuevamente en evidencia una de las formas de violencia y abuso que crece al ritmo de la expansión de las redes sociales y los entornos digitales: el grooming.

La investigación judicial permitió avanzar sobre una presunta red que habría contactado a adolescentes mediante mensajes en redes sociales, solicitándoles imágenes sin ropa. En algunos casos, según trascendió en la investigación, también se habrían producido encuentros presenciales.

Uno de los elementos que apareció en el caso fue la situación de vulnerabilidad socioeconómica de las víctimas. La investigación determinó la existencia de pagos de dinero a adolescentes a cambio de fotografías de desnudos, en algunos casos por sumas cercanas a los 80 mil pesos.

Hasta el momento, hay 11 personas detenidas en el marco de la causa. El grooming constituye un delito contemplado por el Código Penal argentino desde 2013 y puede recibir penas de hasta seis años de prisión.

El caso obliga a volver a poner sobre la mesa una problemática que atraviesa a miles de niñas, niños y adolescentes y que muchas veces permanece invisible para las familias, las instituciones educativas y la sociedad en general.

¿Qué es el grooming?

La palabra grooming proviene del verbo inglés to groom, que puede traducirse como preparar o predisponer.

En el ámbito digital, se utiliza para definir el proceso mediante el cual una persona adulta establece contacto con un niño, niña o adolescente a través de Internet, redes sociales, videojuegos o aplicaciones de mensajería con fines sexuales.

El agresor no necesariamente se presenta como un adulto. Por el contrario, una de las estrategias más frecuentes consiste en construir una identidad falsa y simular tener la misma edad que la víctima.

A partir de allí comienza un proceso gradual de manipulación.

El objetivo inicial suele ser generar confianza. Luego aparece la búsqueda de información personal, la intimidad, el pedido de fotografías o videos y, en los casos más graves, el chantaje.

Cuando el agresor consigue imágenes de contenido íntimo, puede comenzar una nueva etapa conocida como sextorsión: la amenaza de difundir ese material para obligar a la víctima a enviar nuevas imágenes, realizar actos frente a una cámara o incluso aceptar un encuentro presencial.

La víctima queda así atrapada en una situación de miedo, vergüenza y silencio.

Una realidad que atraviesa las redes

Según un relevamiento del Centro de Estudios en Ciberentornos de BTR Consulting, el 97% de los adolescentes utiliza redes sociales y el 40% de los jóvenes de entre 12 y 17 años atravesó alguna situación de acoso online.

Sin embargo, uno de los datos más preocupantes es el silencio: apenas uno de cada diez adolescentes que atraviesa una situación de este tipo se lo comunica a sus padres o a una persona adulta de confianza.

El contacto con personas desconocidas constituye uno de los principales factores de riesgo, pero reducir el problema únicamente a la presencia de extraños sería simplificarlo demasiado.

Los agresores pueden construir perfiles falsos, hacerse pasar por adolescentes e incluso utilizar información pública disponible en las redes para presentarse como personas cercanas al entorno de la víctima.

Por eso, el grooming no comienza necesariamente con una amenaza.

Muchas veces comienza con una conversación aparentemente inofensiva.

Las etapas de la manipulación

Aunque cada situación tiene sus particularidades, existen mecanismos que se repiten en numerosos casos de grooming.

1. El contacto y la construcción de confianza

El agresor establece comunicación mediante redes sociales, aplicaciones de mensajería, plataformas de videojuegos u otros espacios digitales.

Puede utilizar perfiles falsos en Instagram, TikTok, Facebook, WhatsApp u otras plataformas. Generalmente intenta generar una conexión emocional con la víctima, fingiendo empatía, comprensión e intereses compartidos.

En muchos casos simula tener una edad similar.

La intención es que el niño, niña o adolescente se desinhiba y comience a compartir aspectos de su vida privada.

2. La búsqueda de información

Una vez consolidado el vínculo, el agresor comienza a obtener información.

Pregunta por la familia, la escuela, las amistades, los horarios, los lugares que frecuenta la víctima y sus conflictos personales.

También puede utilizar fotografías y publicaciones públicas para conocer el entorno.

Esta información no es inocente: puede convertirse posteriormente en una herramienta de manipulación.

3. La sexualización del vínculo

Gradualmente, la conversación puede adquirir contenido sexual. El agresor puede recurrir a la seducción, la provocación o el envío de imágenes sexuales. El objetivo es romper progresivamente los límites y conseguir que la víctima envíe fotografías, videos o realice actos frente a una cámara.

La manipulación suele ser progresiva. Por eso resulta fundamental comprender que muchas víctimas no identifican inmediatamente la situación como una forma de abuso.

4. El chantaje y la sextorsión

Cuando el agresor consigue material íntimo comienza una de las etapas más violentas. Las amenazas de publicar las imágenes o enviarlas a familiares, amigos o compañeros pueden generar una profunda sensación de desesperación. El chantaje puede continuar durante meses.

La víctima puede sentirse culpable por haber enviado el material, aunque la responsabilidad por la manipulación y el abuso pertenece exclusivamente al agresor. En algunos casos, las imágenes obtenidas mediante estas prácticas pueden circular posteriormente en redes dedicadas a la explotación sexual de niños, niñas y adolescentes.

La lógica del agresor: manipular, controlar y convertir al otro en un objeto

El grooming debe comprenderse como una forma de violencia y abuso basada en la manipulación. El agresor no reconoce a la víctima como un sujeto con derechos, deseos y límites, sino que intenta convertirla en un objeto para su propia satisfacción. El espacio digital facilita la construcción de una máscara.

Detrás de una pantalla es posible inventar una identidad, modificar la edad, utilizar fotografías falsas y construir un personaje diseñado específicamente para generar confianza. El anonimato relativo de Internet puede convertirse así en una herramienta para la manipulación.

El proceso no suele producirse de manera abrupta. Por el contrario, el agresor puede avanzar progresivamente sobre la intimidad de la víctima, invadiendo sus límites y buscando normalizar situaciones que inicialmente podrían generar rechazo.

La habilidad para manipular es una de las características centrales de estos abusadores. No se trata necesariamente de personas que actúan de manera impulsiva o evidente. Pueden construir vínculos, escuchar, detectar necesidades afectivas y aprovechar momentos de fragilidad emocional o social.

Por eso, la prevención no puede descansar únicamente en la idea de que niños y adolescentes deben ser capaces de reconocer inmediatamente a un agresor. La responsabilidad debe estar puesta, ante todo, en los adultos y en la construcción de entornos capaces de acompañar, escuchar y proteger.

Las consecuencias sobre las víctimas

El impacto psicológico del grooming puede ser profundo. Una de las primeras consecuencias es la confusión. La manipulación gradual puede llevar a la víctima a creer que participó de determinadas situaciones por voluntad propia. El agresor utiliza esa confusión para generar culpa y reforzar el silencio. A esto se suma el miedo a que familiares o compañeros conozcan las imágenes o conversaciones.

La amenaza de exposición puede producir aislamiento, ansiedad, pérdida de confianza y una profunda sensación de vergüenza. En niñas, niños y adolescentes, estas situaciones pueden afectar además procesos fundamentales de construcción de la identidad, del reconocimiento de los límites del propio cuerpo y de la vivencia de la sexualidad. El daño emocional puede ser tan profundo como el provocado por otras formas de abuso.

Por eso es fundamental abandonar cualquier mirada que responsabilice a la víctima por haber respondido un mensaje, aceptado una solicitud o enviado una fotografía. En el grooming existe una relación de poder basada en la manipulación de una persona adulta sobre un niño, niña o adolescente.

El silencio también forma parte del problema

Una de las principales herramientas con las que cuentan los agresores es el aislamiento de la víctima. La vergüenza, el miedo y la culpa pueden impedir que un niño o adolescente pida ayuda. Por eso, una de las formas más importantes de prevención consiste en construir vínculos de confianza. Las niñas, niños y adolescentes deben saber que pueden recurrir a una persona adulta sin temor a ser castigados, ridiculizados o culpabilizados.

Frases como “¿Por qué aceptaste a un desconocido?” o “¿Cómo pudiste mandar esas fotos?” pueden reforzar el silencio. La primera respuesta frente a una revelación debe ser escuchar, contener y proteger. La responsabilidad nunca es de la víctima.

Educación sexual integral y ciudadanía digital

La prevención del grooming también requiere educación. La implementación efectiva de la Educación Sexual Integral resulta fundamental para abordar cuestiones relacionadas con el cuidado del cuerpo, el consentimiento, la intimidad, los límites y la construcción de vínculos respetuosos. Pero también es necesario incorporar una perspectiva de ciudadanía digital.

Hablar sobre Internet no significa demonizar las redes sociales. Los espacios digitales forman parte de la vida cotidiana de las nuevas generaciones. El desafío consiste en acompañar su utilización. Es importante conversar sobre la diferencia entre lo público y lo privado, sobre la información que se comparte en Internet y sobre las formas de reconocer situaciones que generan incomodidad. También resulta fundamental que los adultos se acerquen a las experiencias digitales de niños y adolescentes.

La prohibición absoluta o el control basado exclusivamente en la vigilancia pueden llevar a que los jóvenes oculten lo que ocurre. El diálogo y la cercanía vincular son herramientas mucho más potentes.

¿Cómo prevenir?

Algunas medidas básicas pueden reducir situaciones de exposición:

  • Mantener los perfiles en modo privado cuando sea posible.
  • No aceptar automáticamente solicitudes de personas desconocidas.
  • Utilizar contraseñas seguras y proteger las cuentas.
  • Evitar publicar información personal sensible, como dirección, escuela, horarios o ubicación en tiempo real.
  • Revisar la configuración de privacidad de las aplicaciones.
  • Conversar en familia sobre los riesgos y oportunidades de Internet.
  • Construir vínculos de confianza para que niñas, niños y adolescentes puedan pedir ayuda.
  • Enseñar que cualquier conversación o pedido que genere incomodidad puede ser compartido con una persona adulta de confianza.
  • Implementar y fortalecer la Educación Sexual Integral en las instituciones educativas.

La prevención no puede recaer exclusivamente sobre niños y adolescentes. Son los adultos, las familias, las escuelas, las instituciones y el Estado quienes tienen la responsabilidad de construir entornos seguros.

¿Qué hacer ante una situación de grooming?

Frente a una situación de este tipo, es fundamental no culpabilizar ni confrontar a la víctima. También resulta importante preservar las pruebas disponibles, como conversaciones, perfiles, mensajes, fotografías y datos de las cuentas involucradas. La situación puede denunciarse en una comisaría, en fiscalías especializadas en delitos informáticos y a través de los organismos y canales oficiales de protección de los derechos de niñas, niños y adolescentes.

Pedir ayuda rápidamente puede evitar que la manipulación continúe. El grooming es un delito, pero es también un fenómeno social que obliga a pensar de qué manera habitamos los entornos digitales. Detrás de cada pantalla hay vínculos, relaciones de poder, desigualdades y situaciones de vulnerabilidad. Internet no es un mundo separado de la realidad. Es parte de ella.

Y por eso, la prevención no consiste solamente en enseñar a usar una contraseña segura o configurar un perfil privado. Implica construir relaciones de confianza, escuchar a niñas, niños y adolescentes, fortalecer la educación y comprender que el cuidado también debe habitar las redes. Porque frente a una pantalla que puede convertirse en una herramienta de manipulación, aislamiento y abuso, la mejor protección sigue siendo una red humana capaz de escuchar, acompañar y actuar.

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