Por Clara Suarez
Los datos muestran un retroceso en la igualdad de ingresos y exponen el impacto de los despidos, la precarización laboral y el debilitamiento de las políticas de cuidado. En el Gran Rosario, la diferencia entre lo que ganan varones y mujeres alcanzó el 37,4% en 2025.
La desigualdad salarial entre varones y mujeres volvió a profundizarse en Argentina durante los primeros años del gobierno de Javier Milei. Después de varios años en los que la brecha había mostrado una tendencia descendente, los indicadores volvieron a deteriorarse y encendieron una señal de alerta sobre las condiciones de inserción laboral de las mujeres.
Los datos relevados por la Usina de Datos de la Universidad Nacional de Rosario muestran que, a nivel nacional, la brecha salarial pasó del 21% en 2023 al 27% en 2024 y llegó al 29% en 2025. En Rosario y el Gran Rosario, el retroceso fue todavía más pronunciado: la diferencia, que había sido del 33% en 2022 y se había reducido al 27% en 2024, escaló al 37,4% durante 2025.
La cifra no significa simplemente que exista una diferencia entre dos salarios. Detrás de ese porcentaje aparece una estructura laboral en la que las mujeres tienen mayores niveles de informalidad, menor estabilidad y una participación más limitada en los empleos de mayores ingresos.
Una desigualdad que empieza antes del salario
La brecha salarial es, en realidad, la expresión visible de un problema mucho más amplio, afirma Clara Suarez.
Las mujeres participan menos del mercado laboral y, cuando lo hacen, tienen mayores probabilidades de insertarse en empleos precarios o informales. En el Gran Rosario, el 34,4% de las asalariadas no cuenta con aportes jubilatorios, una situación que condiciona no solamente sus ingresos actuales sino también sus posibilidades de acceder a una jubilación suficiente en el futuro.
La desigual distribución de las tareas domésticas y de cuidado también juega un papel central. Siete de cada diez personas que realizan tareas del hogar en el Gran Rosario son mujeres. Esa carga de trabajo no remunerado reduce el tiempo disponible para el empleo formal y dificulta el acceso a puestos de mayor responsabilidad y remuneración.
La consecuencia es una cadena de desigualdades: menos tiempo disponible para el trabajo remunerado, mayor presencia en empleos de menor estabilidad, menores ingresos y, posteriormente, jubilaciones más bajas.
El impacto del ajuste
Especialistas consultadas para el relevamiento de la UNR señalan que el deterioro de los indicadores laborales durante la gestión de Milei afectó especialmente a las mujeres, según nos comparte la columnista Suarez: los despidos en el Estado tuvieron un impacto particular debido a que buena parte de las actividades estatales —como educación y salud— presentan una fuerte presencia femenina. A esto se sumó el congelamiento salarial en sectores históricamente feminizados y la pérdida de empleo y poder adquisitivo entre las trabajadoras de casas particulares.
El fenómeno no es nuevo, pero el contexto económico puede profundizarlo. Cuando desaparecen empleos formales, se reducen salarios o se recortan políticas públicas, quienes parten de una posición más vulnerable dentro del mercado laboral sienten antes y con mayor intensidad el impacto.
El trabajo que no figura en ningún recibo de sueldo
Una de las claves para entender el problema está fuera del mercado laboral, dice Clara: las mujeres destinan, en promedio, más tiempo al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. De acuerdo con los datos citados en el informe, dedican alrededor de 6 horas y 31 minutos diarios a esas tareas, mientras que los varones destinan 3 horas y 40 minutos.
Al mismo tiempo, los varones dedican más horas al trabajo remunerado. Esa diferencia cotidiana termina acumulándose a lo largo de los años y tiene consecuencias concretas sobre salarios, posibilidades de ascenso, acceso a puestos jerárquicos y jubilaciones.
Los llamados “techos de cristal” y “pisos pegajosos” describen justamente esas barreras que dificultan que las mujeres lleguen a posiciones de mayor poder y remuneración o que puedan salir de los empleos más precarios.
La llegada de la maternidad profundiza todavía más esa desigualdad. Las mujeres enfrentan una penalización laboral considerablemente mayor que los varones después de tener hijos, en un mercado donde las responsabilidades de cuidado continúan distribuyéndose de manera desigual.
Una brecha que también llega a la jubilación
El problema tampoco termina con la vida laboral.
En Santa Fe, más del 80% de las mujeres jubiladas accedieron al sistema previsional mediante moratorias, una proporción considerablemente superior a la de los varones. En la provincia, la moratoria permitió que unas 239 mil mujeres accedieran a una jubilación pese a no contar con los 30 años de aportes requeridos. La interrupción de trayectorias laborales, la informalidad y los períodos dedicados al trabajo doméstico no remunerado dejan una huella que puede extenderse durante décadas.
Por eso, la brecha salarial no es solamente una fotografía de cuánto gana cada persona. Es una película que comienza en la distribución de las tareas de cuidado, atraviesa el acceso al empleo y termina impactando en la autonomía económica durante toda la vida.
El dato que obliga a mirar otra vez
Que la brecha salarial nacional haya pasado del 21% en 2023 al 29% en 2025 y que en el Gran Rosario haya alcanzado el 37,4% muestra que la tendencia hacia una mayor igualdad no está garantizada.
La desigualdad laboral no desaparece cuando se sancionan leyes que prohíben discriminar. Tampoco se resuelve únicamente con igualdad formal de oportunidades. Si las mujeres continúan teniendo menos tiempo disponible para trabajar, mayor informalidad, menor estabilidad, menor acceso a puestos jerárquicos y una carga desproporcionada de tareas domésticas y de cuidado, la diferencia de ingresos seguirá siendo uno de los principales indicadores de una desigualdad mucho más profunda.
En un contexto de ajuste y reducción del Estado, los números vuelven a poner esa discusión sobre la mesa. Y en Rosario, donde la brecha llegó a casi cuatro de cada diez pesos, el dato resulta todavía más contundente: la igualdad salarial no solo se frenó; para muchas mujeres, el camino comenzó a hacerse nuevamente cuesta arriba.




